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En el silencio recuerdo el redoble
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Yo nací para tocarlo, como tantas otras cosas, pero especialmente con alma de tamborilero. En estos días, por enésima vez, he descubierto el privilegio de mi vida, la gran suerte que Dios Inmenso me ha concedido.

He vivido el secreto inconfesable de una caja de resonancia que estremece las viejas paredes de una ciudad revestida de historia y de leyenda, con callejuelas retorcidas que son como vientres preñados de prodigios. Fue en estos rincones con sabor a misterio donde me criaron mis padres, donde aprendí a descifrar el estremecedor enigma de sus silencios y de sus clamores.                                                                   

Con mi tambor a cuestas, más allá de lo que otros entienden por cansancio o agotamiento puro, alcancé la cumbre de ese gozo supremo que supone estar más allá del tiempo y del espacio, más allá de todo lo que pueda considerarse humano.                                                                    

Cuando eso ocurre siempre está encima de mi cabeza el alero de un tejado, mil túnicas negras a pocos metros, el beso de dos enamorados y la mirada de un niño que va descubriendo por sí mismo este hechizo del tambor que no se presta a lenguaje alguno.                                                                      

Con él subí al Calvario un Viernes de Dolores, como preludio de la conmemoración del Tiempo Sagrado, de la hierofanía, el instante único en toda la historia de nuestra vida para recordar el milagro de un sacrificio, de una entrega, de una ofrenda de amor a la Humanidad, que habría de estremecerme hasta la médula una mañana de Viernes Santo. Con él compartí la mirada de miles de niños que se iniciaban por primera vez Miércoles Santo en este juego sacro de la luz y la oscuridad, del día y la noche, de la muerte y la resurrección. Con él viví la noche mágica de Jueves Santo, sin descanso alguno, sin conceder tregua al sueño, llevando el cuerpo, la mente y el espíritu más allá de lo que es concebible. Con él disfruté de la mirada de tantas mujeres tamborileras un Sábado de Gloria, para alcanzar, con el alba, el milagro del Domingo de Resurrección, en ese “Encuentro” de los sueños, de las pasiones, de los anhelos, que supone la mirada cruzada de la Dolorosa, con su puñal clavado en el corazón, y el Resucitado, victorioso y vivo, reclamando el triunfo de la luz sobre la oscuridad y la muerte, sobre las bajas pasiones y el engaño.                                                                                         

Cuando ambos se encontraron se produjo algo que es incomprensible y hasta imposible, salvo en este momento, en la tamborada hellinera: el silencio, el silencio, el silencio… Como una onda expansiva provocada por el impacto de la magia, los que estábamos al pie de las imágenes dejamos de redoblar, y ese silencio se fue contagiando, como una onda en el agua de un lago, metro a metro, hasta alcanzar a la ciudad entera, a cada uno de los miles y miles de tamborileros.                                                                                          

Este prodigio siempre encoge el corazón, aprieta el alma, te deja sin respiración. Es entonces cuando madre e hijo, los guardianes del espíritu, se encuentran, y en el símbolo de la vida se abrazan, y de la gran piña multicolor salen las palomas de la alegría, de la victoria, del triunfo de la vida, en esta exaltación gloriosa de la primavera y del renacimiento.                                                                                           

Qué bien tejieron los símbolos nuestros ancestros, un año tras otro, para recrearnos el misterio de lo sagrado, el ciclo repetitivo en el que morimos y nacemos, como lo hizo Jesús, como lo hacemos y lo haremos siempre.                                                                                                

Entonces el estruendo de miles y miles de tambores comienza al mismo tiempo, pues es el latido del corazón el que marca el estruendo, el que calle tras calle, como si fuéramos a reventar de un momento a otro el parche, nos lleva hasta arriba, en un río humano que nadie puede imaginar si no lo ve con sus propios ojos, si no lo cobija con verdadero afecto en el rincón más resplandeciente de su alma. Ver a veinte mil almas haciendo sonar sus tambores físicos, de aros, aretes, cajas, parches y bordones estremecidos, es un deleite para los sentidos, es como soñar despierto…                                                                                                  

Así que por eso es mi eterno agradecimiento a ese instrumento que ha acompañado al hombre desde las épocas más remotas. Ahora sé, con todas las fuerzas de mi ser, que no ha sido esta última vida mía la que ha disfrutado de su magia sonora; ahora sé que me ha acompañado desde la oscura noche de los tiempos, cuando el mundo era otro y los lazos con la Tierra eran mucho más intensos, cuando el tambor llevaba al buscador a otras dimensiones a través del Eje del Mundo, en el viaje chamánico de los distintos reinos de luz del espíritu, y hacía de puente entre los hombres y los guardianes invisibles.                                                                                                    

Haber redoblado en la tierra que me vio nacer, y que a buen seguro me verá morir, me ha permitido recobrar de nuevo la conciencia de eso que nunca pasa, que nunca acaba, la vivencia del Eterno Presente.                                                                                                            

Soy tamborilero… Siempre fui tamborilero… Siempre seré tamborilero…