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El redoble está en el canto de los ángeles.
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Parece un sueño pero he ahí la gracia del iniciado, el sortilegio único e indescifrable que sólo puede ser desvelado una noche de Jueves Santo, bajo la luna llena que conmemora aquella otra en que murió Jesucristo en la cima de un Gólgota trágico, encarnado en la mayor oscuridad para resplandecer en la luz.                                                                         

Sólo quien sabe extraviar los ojos, acallar el latido, cerrar los oídos, es capaz de acceder a una dimensión distinta del espíritu, la de caminar por un largo pasillo que conduce al interior del alma. No hay en ello nada más sobrenatural que lo que pueda haber en la interminable risa de un niño o en el milagro de la vida cuando brota una semilla.                                                                              

Está en el tambor ese enjambre de redobles que transforman el sonido en partitura angelical, donde hasta los propios ángeles de la memoria y la nostalgia baten sus alas para traernos  los recuerdos. Está en el círculo cada uno de los símbolos invisibles y sagrados del conjurador, de las estrellas que en el cielo desdibujan las constelaciones para arder como teas llameantes en las manos doloridas, trascendida la dimensión del ego para disolverse en una creación única de la que todo forma parte.                                                                               

Es el canto de los ángeles, sí, melodía de Uriel que hace vibrar los aros, estremeciendo las entrañas en el paroxismo de lo que se conoce; es la mano beatífica y milagrosa de Rafael, que sana las heridas pasadas, las de la rutina y las del silencio mal contenido; y es el flagelo victorioso de un Miguel que al ritmo enloquecido de los palillos ahuyenta hasta el más pequeño de los demonios que llevamos dentro, entregando a la diáspora hasta el último inquilino del infierno.                                                                                

Está en el redoble hasta el canto de los ángeles, y su mirada púrpura, el aleteo gracioso de las alas que transforma el universo en una nevada de plumas blancas. Todos es como uno quiera sentirlo. El pensamiento obra siempre el milagro de crear el entorno que nos rodea. Hay más que imaginación en la construcción septenaria del Orbe entero, un cálculo cifrado que nos fue transmitido en la octava musical que ahora empieza a ascender desde estas calles que se pueblan de tambores, de círculos parlantes, conjuradores sagrados del enigma llamado tiempo.                                                    

Sólo un caminante del cielo, o una mano o un dragón saben lo que siento...     

Porque nadie me arrebatará el secreto de tu lánguido plañido, del ensortijado arañazo que estremece mi vientre, es por lo que habré de aferrarme más que nunca a ese estallido que resopla en mis venas. Habré de guardar más que nunca con un cerrojo de siete llaves el secreto nombre que hace que tú acudas a mi llamada. Sólo para mí será el sueño, pues sólo yo he moldeado con mis caricias la particular estructura de tus aros, que es a la vez una exhalación de placer y un lamento. Con mi tambor acudiré a tierras lejanas, nunca avistadas por ojos humanos, para redoblarte con el esmero que te mereces, con la esencia verdadera y el sentimiento de saber que somos el uno para el otro. Sólo entonces conseguiré reivindicarme para siempre en el oficio sagrado de hacer magia con un parche.                                                                                   

Y es por esto que este año, más que nunca, mi redoble será un enigma,  engalanado de silencio para cantar en estas calles, con el canto inmenso, luminoso y blanco, de los mismos ángeles...                                                          

Será así, os lo aseguro...