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El tambor y la liberación de las emociones.
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El trabajo espiritual con el redoble de un tambor, con su pausado latido, cual si de un corazón se tratara (tan sólo con el golpear de un palillo), puede provocar gozosos estados de serenidad y armonía interior, la conexión con todo lo que nos rodea e incluso catalizar el proceso de equilibrio de cuerpo, mente y espíritu, para generar un estado alterado de conciencia que hará posible el acceso a otras dimensiones, a otros niveles de percepción, a esa fuente de conocimiento ancestral que está en todas partes, pero fundamentalmente en uno mismo.

 

Más de una vez me he sorprendido al ver el efecto que en mis manos puede provocar un tambor utilizado como práctica chamánica, al participar en los ritos ancestrales de las tradiciones más diversas del continente americano.

 

Redoblar en Hellín, en el corazón antiguo de nuestras calles, nunca se diferenció en lo sustancial de las grandes celebraciones del pasado de todas las culturas, en las que los seres humanos, al ritmo del tambor, se dejaban llevar por el redoble activador de los latidos del corazón, por la euforia creciente que va regulando una constante descarga de adrenalina, que sin duda genera reacciones químicas en nuestro cerebro que nunca llegaríamos a imaginar.

 

El redoble del tambor sublima los sentidos, da coraje a los guerreros en las batallas, sirve al chamán para establecer el puente entre los vivos y los muertos, entre los seres humanos que buscan respuestas y los grandes espíritus protectores del cielo y de la tierra. El sonido del tambor acelera el ritmo del corazón, invita a la danza, hasta la extenuación si hace falta, y puede llegar a matar, como me explicaba en su día el antropólogo Carlos Blanco Fadol, si se utiliza como método de ejecución con los reos de muerte, como en alguna que otra parte del mundo se ha hecho, llevando al condenado al infarto a través de la aceleración progresiva y constante de los latidos de su corazón.

 

Es verdad que el tambor estremece hasta lo más profundo de las entrañas, y esos efectos no son desconocidos para ningún hellinero, que lo sabe desde el primer momento en que se cuelga uno de ellos a la cintura. He ahí la magia de este instrumento aparentemente sencillo, que no necesita solfeo para que le arranquemos las más bellas melodías musicales. En ese juego constante de las emociones que brotan sin cesar, para limpiarnos tanto como nos sea posible, durante una semana al año, los tamborileros ofician un rito ancestral, con atuendo ceremonial y respondiendo al tiempo y al espacio sagrados. Y no puede negarlo nadie por más que considere que nuestra fiesta se entronca con las raíces profanas de una fiesta lúdica, que a veces puede llegar a serlo más de la cuenta. El rito es en sí perpetuación de una tradición, y más allá es vínculo con las generaciones pasadas, poesía, arte, contemplación gozosa de imágenes religiosas, prueba iniciática de esfuerzo y más fuerzo, y así mil y un elementos que forman parte de aquello que nos conecta con lo divino, con lo mágico, con lo incomprensible, con lo que no puede estar sujeto a definición alguna. Mil años podríamos estar viviendo la Semana Santa anual y siempre haríamos nuestra una experiencia diferente. Las calles se convierten en laberintos en los que las probabilidades matemáticas de acceder a un pequeño milagro, a un prodigio de los sentidos, a un placer sin nombre, se disparan hasta el nivel de lo absoluto.  Nadie que viva este fenómeno social como parte de su esencia más profunda podrá decir que no alcanza a comprender lo que esto significa. Su naturaleza sobrecoge y estremece, porque las emociones, por siempre y para siempre, son parte de este caldo de cultivo en el que la mente percibe más de la cuenta, el cuerpo se deleita con la recreación de los sentidos, y el espíritu se expande, consciente de que la realidad se ha transformado. El tamborilero se dejará llevar, una vez más, por la marejada de túnicas negras, por el sonido embriagador, para que el azar y el destino le lleven a vivir algo que no estaba previsto, que nunca podrá ser del todo descrito. Pues como toda experiencia inefable, no existen palabras para contar algo que está más allá de la condición humana.

 

De la emoción nace el tambor y en la emoción adquiere sentido...