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El tambor pertenece al reino de la luz.
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Dorada como la miel, encendida si cabe de fuego, la luz del sol de media tarde vino del cielo, cruzando el insondable Cosmos para golpear con un silencio la vieja canalera tapizada de musgo, para reflejarse en la cal con hojas como un libro de siglos y alcanzar el parche redondo acurrucado entre mi vientre.                                      

Fue mi redoble más luz que nunca, un juego de fotones prendido en el vaivén nervioso de los palillos. Arco iris entonces, multicolor y vivaz, que dio vida al hechizo escondido en el repliegue de los aretes.                                           

Cuánto sabe el iris del milagro, cuánto retiene el pulso, cuánta paz que beben los labios custodios del silencio.                                            

El tambor pertenece al reino de la luz... palabras eran que elevaba al aire el cántico del redoble, y yo me bebí, como quien no quiere la cosa, el leve deslizamiento del tiempo que se arrastraba por aquella calle.

Había llegado hasta mí el embrujo y quería embeberme en el gozo y en el suplicio a un mismo tiempo. Quién sabe del placer del infinito, quién de la agonía de no querer dejar de arañar la gloria para siempre.                                             

Cuánta caja de secretos encierra una mirada, cuánto amor destila el surco abierto en el yeso, las varillas desgajadas de la vieja persiana, la reja mortecina del hierro muerto que se desmembra, como guerrero vencido que cediera al olvido su armadura gastada.

Todo guardaba en aquella tarde el privilegio de lo imperecedero y a la vez de lo extinto: nada fue en cada mirada como lo había sido antes y sin embargo el tiempo parecía detenido en la  carcomida faz de las fachadas, en la aldaba que sólo conoce ya la canción del silencio, en el escalón que no vio ascender el vuelo de los ángeles, sino el airoso trote de los niños y el cansado  golpeteo del bastón de los ancianos.                                                     

Cómo no tener ojos para tanto dichoso espejismo, para la luz que vino del cielo y se enredó entre los bordones de mi tambor enaltecido.                                                      

Creo morir de dolor inmenso, presintiendo que nadie entiende este prodigio. ¿Habrá más ojos para preservar del olvido estos momentos? ¿Habrá alguien que no parpadee y no desperdicie un haz de luz venido del inmenso cielo?                                                      

Será para siempre una tarde dorada en el Hellín de mis sueños, un abrazo de calles forjadas para el redoble, un laberinto iniciático en el que uno disfruta verdaderamente perdiéndose. Será para siempre...                                                        

El tambor pertenece al reino de la luz porque ahuyenta las tinieblas, escuché decir al redoble, elevándose hasta alcanzar el aroma de los claveles, saltando, uno tras otro, por encima de los viejos escalones. El tambor ahuyenta las sombras; retiene el tiempo en nuestras manos para que sepamos de la caricia de lo eterno; pone en fuga a las pesadillas para llenar la noche de sueños; conjura a través del mágico círculo del parche a las fuerzas del universo para mantener alejados a los malos espíritus; el tambor habita en la luz y da a luz los redobles...                                                         

Viví para siempre aquel resplandor que quizás duró un instante, pero que me ha salvado  de perderme en el fragor del tiempo. Fue pero siempre lo será, mientras tenga un ápice de consciencia, que es decir viaje a la eternidad inacabable.                                                            

Sigo estando allí, moviéndome con el vaivén del  sinuoso curso de la calle, agitándome en  el son de mis propios redobles, durmiéndome en los gloriosos laureles de la emoción que me produce sentirme hijo de esta tierra, heredero de la indescriptible capacidad de percibir tanto a un mismo tiempo.                                                            

Sólo mi corazón sabe de la emoción contenida en un instante, del pecho que se hincha y hasta duele, de la lágrima que florece, del amanecer que se enciende en el horizonte de mis ojos.                                                              

Yo vi el haz de luz que todavía me conmueve...