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El tambor estremece al mundo
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Recuerdo una vez, un tres de mayo, día de la Cruz, que no podía estar en cualquiera de los rincones de mi tierra, saboreando una merienda debajo de algún árbol o endulzando el paladar con aguamiel, pues danzaba y danzaba hasta la extenuación, tocando al mismo tiempo el tambor, junto a un templo maya. Estaba en México, acompañando a unos danzantes concheros para quienes la danza es un acto sagrado. Y así danzábamos bajo un sol implacable de casi cincuenta grados, sin descanso, aunque el cuerpo parecía que fuera a derrumbarse en cualquier momento. Al terminar la ceremonia, una de las concheras se acercó a mí y me dijo que tocaba muy bien el tambor. Con toda seguridad se extrañaba de que un hombre blanco, un español, tocara con semejante ritmo un tambor de la danza del sol, regalo de un chamán totonaco, Ikxiocelotl, Garra de Jaguar, custodio de la cultura olmeca, que llevaba grabado en el parche el símbolo de Quetzalcoatl. Pensé en lo que sentiría si viera tocar a los grandes maestros del tambor hellinero. Entonces comprendería por qué no me era ajeno ese noble arte.

Me limité a sonreír, sin explicarle que en mi tierra el latido del tambor viene ya con la sangre, con la herencia, y que para mí era tan natural como respirar, el hecho de tocarlo y tocarlo el tiempo que fuera necesario. No se mermó mi aguante ante la impresionante energía que derrochan los danzantes concheros, cuyos movimientos parecen en ocasiones sobrehumanos. Al fin y al cabo, uno ya se ha curtido en muchas noches de Jueves Santo, y no me preocupaba tocar bajo un sol de justicia que se iba acercando peligrosamente a los cincuenta grados, capaz de tumbar al más pintado.                                                                                      

Tampoco le dije a Xolotl que yo era tamborilero, al fiero guerrero espiritual mexica, que al lado de la pirámide maya de Ek Balam, del Lucero Jaguar, tocaba, hasta estremecerse a sí mismo, el huehuetl, unos de los tambores sagrados de México. A su lado toqué mi tambor de piel de venado, “Ollin Eterno”, sin apenas prestar atención a las dos ampollas que me habían salido en las plantas de los pies descalzos, en los que se clavaban una y otra vez los guijarros de la selva. El tambor y su redoble me envolvían por completo, mientras veía que mi esposa caía en redondo al suelo, desmayada ante la fuerza del sol, siendo atendida inmediatamente por el anciano chamán y curandero mixteco don Rubén, un auténtico mago de la tradición mesoamericana, tierno y noble donde los haya. No había tregua, ni posibilidad alguna de que me saliera del círculo, rompiendo la energía grupal, pues para ello había asumido mi compromiso sagrado en ese día, como en tantas ocasiones, hasta que concluyera el rito o el sol, Kinich Ahau, se pusiera tras el horizonte y llegara la penumbra que precede a la oscuridad de la noche.                                                                                      

Así que soy doble y triplemente afortunado, y mucho más todavía, porque no sólo he disfrutado y disfrutaré mientras viva la magia de las tamboradas hellineras, uno de los más grandes regalos que he recibido como ser humano en mi vida, sino que he saboreado el tambor ancestral, estremeciendo mi cuerpo, mi mente y mi espíritu, allá donde he ido. Seguía siendo hellinero en el sentimiento cuando escuché los tambores egipcios en una travesía por el Nilo, y cuando en el corazón de la selva brasileña, durante toda una noche, dancé realizando el viaje chamánico que propicia la ayahuasca, otro regalo nunca del todo agradecido, que te permite compartir la sabiduría milenaria de los guardianes de la tradición, de aquellos que ven y viajan más allá del tiempo y del espacio.

Volver a tocar en Hellín es, y lo será siempre, tan mágico como ascender con el redoble sagrado por las montañas del lago Titkaka, para conectar con los apus, los espíritus de las cumbres, y con las fuerzas telúricas que confluyen en cada uno de los lugares sagrados.                                                                                        

He buscado el tambor en el corazón del Sáhara, con el rostro quemado por el sol, y lo he escuchado en las callejuelas típicas de La Paz, capital de Bolivia, casi al mismo tiempo en que las balas sembraban el miedo y buscaban una víctima para acabar con su vida. Lo he contemplado con viva emoción junto a la pirámide de Uxmal, y lo he tocado, moviéndome como las serpientes de luz, en Chichén Itzá, estremeciendo con mis redobles la cancha del juego de pelota, donde los guerreros del Mayab ofrendaban su vida a los dioses. Sucumbiendo a su hechizo he girado decenas y decenas de veces como un derviche giróvago en la universidad de “La Sapienza”, en Roma, y me he deleitado con su agradable sonido en las entrañas de Capadocia, el sobrenatural paisaje de la milenaria Turquía. Y sin embargo, nada es comparable a ese escalofrío del milagro presentido, de la herencia compartida, del legado cautivador de aquello que forma parte  de mi sangre, cuando me pongo la túnica negra y aferro mi tambor con tanta firmeza como cariño, con tanta pasión como entrega. Es entonces cuando en mí confluye la historia en primera persona, cuando me siento tan cercano a cada uno de los hellineros, que han obrado este prodigio a lo largo de los siglos, como al muro de sillería, de tapial o de yeso. Mi redoble ya no es mío, sino la aportación gratuita y sincera a una tamborada de la que todos formamos parte. Entonces lo sagrado resplandece en los ojos de un niño, en la mirada pícara de una joven, en el recio semblante de un hombre que ya lleva incontables millones de palillazos a sus espaldas. Es la experiencia anónima que como un conjuro sin invocación de palabras transmitirá a sus hijos, aquellos que perpetuarán el misterio y nos eternizarán en la memoria del recuerdo para siempre.                                                                                                 

Es importante viajar y comprender por qué tantos seres de tantos países del mundo aman el tambor como lo podemos amar nosotros, por qué su corazón se estremece como el nuestro. Antes de iniciar ese viaje interminable supe que nuestro tambor era la herencia venida de lejanos lugares, la transmisión de una tradición que se había ramificado por todo el planeta. Ahora lo he comprobado personalmente, me he hecho uno con cada uno de esos hombres y mujeres que sin tener la mirada de mis ojos, sin necesidad de hablar mi lengua, o saber de mi origen, me aceptaron como uno más entre los suyos. El tambor nos unió, como nos uniría si ellos emprendieran su propio viaje personal para venir a vivir ese momento de gloria que en el Rabal se manifiesta, para ataviarse con un pañuelo rojo que brilla como una amapola en una túnica negra como la noche, para degustar el sabor del vino de una vieja bota, o disfrutar de un mojete que en un alto del camino alimenta al penitente, al siempre aventurero, al neófito, al iniciado, al buscador sincero, que lo sepa o no, va detrás de un misterio. Pues más allá de las palabras es la magia del sonido, vibración invisible que acaricia la piel y la estremece, legado primero y último que como seres humanos nos fortalece.                                                                                                    

Es hermoso viajar por el mundo, ser uno más entre aquellos que lo habitan, y regresar de nuevo a casa, a mi hogar de siempre, para no olvidar lo que es inolvidable, ese privilegio de ser hellinero, uno más entre la miríada indescriptible de tantos y tantos tamborileros hellineros...