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El tambor de nuestros ancestros más lejanos.
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El tambor es uno de los primeros y más emblemáticos símbolos del chamanismo en los más diversos lugares del planeta. Desde tiempos inmemoriales se cree que es una herramienta eficaz para ahuyentar a los malos espíritus, aunque ha desempeñado un notable papel en relación con la adivinación y la curación.

Para el chamán, el tambor es considerado un vehículo para moverse entre distintos mundos, a través de esos tres niveles en que numerosas civilizaciones dividen el universo conocido: el mundo intraterreno, de las entrañas de la Tierra; el de la superficie, que habitamos; y el del cielo, con su incontable jerarquía de seres divinos y luminosos. En este papel de mediador entre mundos recibe el nombre de “el caballo del chamán”, o “embarcación”, cuando este viaje chamánico se realiza a través del agua. El palillo representa respectivamente el látigo y el remo.                                                             

Es sabido que en el antiguo México se tenían en alta estima a los tambores, considerados como la propia esencia de los dioses, por lo que llegaban a vestirlos como a los mismísimos seres humanos. Entre  las tribus siberianas la madera que utilizan para su elaboración se considera que pertenece al Árbol del Mundo y será recibida a través de sueños exactamente aquella que se tenga que utilizar.                                                                

Aman tanto al tambor que creen que ha de disponer de un alma, así que arrojan cerveza sobre la madera y luego sobre la piel, elementos con los que será construido. De esta forma el tambor recibe la esencia del espíritu del árbol y del animal, e induce posteriormente a la persona que lo utiliza para alcanzar el trance mediúmnico.                                                                      

Nuestros ojos perdidos en el infinito, nuestra mirada ensoñadora, que parece rebasar los límites de la realidad cotidiana, anhelante de alcanzar la gloria en ese instante efímero en que redoblamos, quizás no estén tan lejos como creemos del vuelo que al fin y al cabo es el del espíritu que resuena con la música, con su cadencia hipnotizante.

Nadie negará, escuchando los redobles de Agramón y de Hellín, que un profundo sentimiento mágico nos conecta con el mundo de los sueños, con la herencia ancestral, con aquello que con su voz secreta se oculta en lo más profundo de nuestro corazón…