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El poder del tambor en nuestras manos.
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Una prueba de su mágica pervivencia, su arrollador crecimiento como elemento para transformar la sociedad en que vivimos, lo he encontrado navegando por Internet. Entre las miles de celebraciones que tuvieron lugar para conmemorar el tan cacareado comienzo del nuevo milenio, hubo un acuerdo establecido entre millares de personas para hacer redoblar sus tambores en todo el planeta. Ya decían los sabios de las comunidades ancestrales que el tambor era el latido del corazón, el corazón de la Tierra, y que a través de él se abrían puertas para conectar con otras dimensiones, con unas realidades distintas a las que conocemos, pero no menos válidas para realizar un aprendizaje, desarrollar un conocimiento o crecer espiritualmente. El tambor era por lo tanto el que abría una ventana hacia el más allá, convocaba a los espíritus, a los dioses, sanaba a los enfermos, hacía que el chamán cabalgara a lomos de su mágico caballo o ascendiera por el eje cósmico de su yurta, la cabaña en aquellos lejanos tiempos de las estepas siberianas. El tambor producía la catarsis, el estado alterado de conciencia, modulaba las frecuencias cerebrales para que el mago, el iniciado, el oficiante, experimentara la transformación para la que él, y sólo él, había sido elegido.

Pero hoy día, como en tantas otras cosas, el conocimiento está siendo desvelado, las puertas se están abriendo para que todos compartamos cada uno de los secretos que se nos han concedido en la Tierra, y asumamos el prodigio de poder crecer interiormente, porque aquello que es verdadero y útil para la evolución del ser humano nos pertenece a todos. Fue por ello que me encontré con una convocatoria sin duda única en la historia, la invitación expresa desde todos los rincones de este planeta Gaia para redoblar al unísono. A través de la página web de “All One Tribe  Foundation”, de Taos, Nuevo Méjico, descubrí el ofrecimiento a participar en este acto mágico de tamborileros de Arizona, Argentina, Australia o California. Al evento se sumaban los tambores africanos en la playa de Cape Point o los que se han utilizado durante siglos en Alberta, Canadá. Allí estaría sin duda mi compañera de danza, la jefa espiritual de los pies negros Evelyne Kelman Croshow, con la que tuve la oportunidad de participar en un baile ceremonial que jamás olvidaré. Los tambores se unieron desde Georgia a Florida, desde el Cañón del Colorado a Washington D.C., pasando por Irlanda con toda clase de jóvenes o Kansas, Massachusetts o Méjico, con distintas ceremonias junto a las pirámides sagradas y al volcán Popocatepetl. La ola del tambor se extendía desde Long Island, en Nueva York, a Ohio, Alemania o Sanghai, en China.

Todo por la paz, y lo de menos era que empezara realmente el milenio o no, que el calendario gregoriano en el que nos movemos no sea más que un método más, artificial y opresivo, de destrozar los ciclos cósmicos y sagrados de los que disfrutaron nuestros antepasados. Lo que de importante tenía era que sin duda miles y miles de personas se ponían de acuerdo para tocar el tambor por la paz, conscientes del verdadero e inmenso poder que tiene su sonido, de la energía que se proyecta a través de un parche golpeado sistemáticamente mediante unos ritmos precisos.

Pero sin duda no habrá convocatoria más intensa, que aglutine a más tambores a la vez  en un mismo espacio y a un tiempo, ritual más maravilloso aunque algunos no terminen de verlo, que el de los tambores de Hellín sonando en la noche de Jueves Santo: veinte mil estruendos a un tiempo, estremecimiento de las piedras, latidos de los corazones que se agitan removidos por el redoble.

¿Quién será consciente entonces del inmenso poder que se concentra en estas calles? Algún día escribiré sobre los descubrimientos que han hecho los científicos, que confirman ahora lo que desde siempre han dicho los viejos chamanes. Alguna vez escribiré sobre la confirmación  de la capacidad curativa que tiene el tambor, comprobada en hospitales. Ahora sólo me preguntó quién será capaz de darse cuenta de la inmensa fuerza que tiene la convocatoria del tambor, hasta qué punto se puede imprimir la mejor de las energías a un pueblo para que alcance el mejor de los destinos posibles.

Bastaría, pienso, con el hecho de que fuéramos conscientes de que si hay algo que nos une una noche, debería haber motivo y excusa para que muchas cosas nos unieran todos los días y todas las noches.

¿Seremos capaces de darnos cuentas del verdadero prodigio del tambor, del privilegio que tenemos al ser herederos de este tesoro surgido de la noche de los tiempos?...