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El mágico secreto que encierra el sonido
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Siempre se puede decir algo distinto, cuando la memoria está llena de tantos recuerdos. Cuántas veces ha danzado el tamborilero imaginariamente por una plaza circular, un parche redondo, recreando en la marca del palillo todo su pasado, su presente y hasta su futuro...

El círculo mágico es el del tambor, el que canaliza nuestras más profundas emociones y nos transporta a una vivencia indefinible. De ahí que escribir sobre el tambor sea más propio de un alquimista que de un escritor. Porque manifestar el aliento del tambor a través de la palabra es transmutar el plomo de la desidia, de lo cotidiano, de lo mundano, en el oro que supone el acceso al éxtasis, a la gloria de sentirse parte de todo un colectivo, de hombres y mujeres que ataviados con la túnica del rito, con el hechizo del duende tambor, acceden a otros planos de consciencia nunca imaginados.

Tocar el tambor es dejarse envolver por el rum-rum intangible de miles de redobles fundidos en una nada que se convierte en el Todo. Es un vórtice de tiempo por el que todos los otros redobles del pasado acuden a una velocidad de vértigo para clamar desde nuestro cielo interior que formamos parte de una tradición sagrada, de la perpetuación de una costumbre que se remonta a la noche de los tiempos. 

Porque no hay distancia alguna en el hombre de buena voluntad entre él y cualquiera de sus antepasados en el más lejano rincón del Orbe. Qué habría sido de nosotros si a un brujo de una sabana africana no se le hubiera ocurrido golpear un tronco hueco en busca de una sanación espiritual, si un aborigen australiano no hubiera percibido la conexión con la naturaleza al golpear dos piedras, si un chamán de las estepas siberianas no hubiera sentido que una piel unida a una simple rama le podría poner en contacto con los espíritus de las estrellas.

Aferramos, con dos simples palillos, la inmensa riqueza de un legado cultural de proporciones gigantescas, la herencia de toda una humanidad conmocionada por el sonido, por la capacidad que tiene la materia de vibrar, transmitiendo un impulso que alcanza el oído de otras personas a grandes distancias. Y en el sonido, ese mágico aporte invisible descubierto por el hombre, como en un viaje incomprensible, éste es capaz de transmitir un latido de corazón, una llamada a la guerra, una súplica a los espíritus o un llanto por el ser que acaba de atravesar los sombríos límites entre la vida y la muerte.

Deberíamos ser capaces a cada instante de agradecer la ofrenda del Tiempo, que nos concede el privilegio de sujetar con nuestras manos, de alojar pegada a nuestro vientre, una herencia que ha costado miles de años forjar, dando  forma a un sueño, al arquetipo, a una alegoría viva que ahora cobra forma en aros, aretes, tornillaje, bordones y caja de resonancia, aquello que en sus comienzos fue un tronco, piedra o piel, pura esencia de lo más primario que da la naturaleza.

Y es precisamente el prodigio de acceder al eterno presente, aquel en el que pasado, presente y futuro es sólo una quimera, el que nos concede la facultad de fundirnos con todas las culturas, comprender que no tiene mayor importancia el color de la piel, el plumaje, la forma en que confeccionamos un taparrabos. No importa llevar un colmillo atravesando la nariz o prolongar nuestra oreja con un móvil de última generación, porque todos son artificios de la mente, recursos para ofrecer una imagen. En el tiempo de los sueños, en la época primigenia, cuando la lengua, la gran comunicadora y también la gran embaucadora, apenas si era un intento,  ya resplandecía entre la bruma de los oscuros orígenes el puro sonido, la música de las esferas.

En aquellos tiempos se gestó el espíritu del tambor tan amado por innumerables pueblos, el que ahora recibimos como un inmenso regalo, el que nos hermana con nuestros paisanos, con nuestros amigos, con nuestras familia, el que nos hace uno, casi ocultos por el sobrio atuendo de una túnica. Es el parche sonando incesantemente el que nos retorna al comienzo, al estremecimiento de la tierra, al temblor telúrico de la Madre Tierra abriendo sus carnes, provocando el temor ancestral que experimentaba el hombre. Como nos recuerda las tormentas que asolaron la tierra con sus rayos, con sus flagelos celestiales de fuego. 

Redoblar es estremecerse con toda esa carga genética que forma parte de la humanidad, nos remite al pasado más lejano, donde el miedo ancestral se fue convirtiendo en amor puro por esa naturaleza terrible que nunca ha dejado de ser una madre. 

El tambor es un símbolo, es un instrumento, pero es sin duda una máquina del tiempo que activa nuestra adrenalina, nuestras más grandes pasiones, nos cierra los ojos y nos abre otros en los  que la mente, el corazón y el espíritu ya no son caballos enloquecidos que van cada uno por su sitio, sino un bello carruaje que nos conduce a ese Nirvana, Olimpo o Paraíso terrenal que es el mundo de los sueños, reclamado por nuestra esencia de homínidos, de homo sapiens en proceso evolutivo, de seres en constante evolución en la senda interminable del infinito Tiempo.